El mandato de la felicidad

10 de enero de 2014.

POR Alfredo Grande / APE / Argenpress

Te acuso Felicidad de mancillar la alegría y corromper la tristeza. Te acuso de cultivar la indiferencia, la apatía, el conformismo y la mediocridad. Te acuso especialmente de fomentar la voluntad de adorar y de idealizar y de arrasar la capacidad de amar y de sostener ideales. Quiero un nuevo año donde tenga su lugar la alegría, la tristeza, el dolor, la inteligencia, la indignación, la bronca, la justicia, el amor que pone lo que falta y el odio que saca lo que sobra. Aleja de mí el cáliz de la felicidad porque para obtenerlo es necesario anestesiarse ante el horror social. Los que luchan por sus ideas y los que ponen ideas a sus luchas sabrán entenderme. Por un nuevo año…y por un nuevo mundo en nuevos años.

Ser feliz

El año nuevo empieza con un mandato: debe ser feliz. Y el mandato solo puede ser cumplido si desalojamos todo aquello que lo interpela. El mandato de la justicia social debe desalojar todas las evidencias de impunidad. El mandato del crecimiento productivo debe desalojar todas las evidencias del hambre, la desnutrición, la vida en las calles y la muerte en las veredas. El mandato de la democracia debe desalojar todas las evidencias de los privilegios, los fueros especiales, los títulos de nobleza adquiridos saqueando el bien común. El mandato del turismo debe desalojar las evidencias de que no es lo mismo pasear por un lugar que vivir en él y que es bien diferente viajar en la primera clase de un avión que en la clase única de un tren lechero por la mala leche de los que durante horas soportan esperas en el andén y arriba del tren. Mandato del consumo ilimitado porque ilimitados son los créditos al consumo pero que debe desalojar toda evidencia de que la energía es una herida absurda, de que los subsidios son puro cuento y de que ni la conexión del final te va a salir. Mandato de la canasta familiar que debe desalojar toda evidencia de que es una canasta agujereada, donde lo que entra por arriba sale por abajo y que está avergonzada de que sigan robando para muchas coronas los que todavía llenan los carritos de doble piso.

Sufrir

El mandato es el equipamiento fundacional de la cultura represora. Pero hace tiempo que el mandato de sufrir no funciona para amedrentar. Ya bastante se sufre en lo cotidiano para que pueda impresionar la promesa de más sufrimientos. La pena de muerte no disuade a ningún asesino. Con alguna lectura freudiana, cualquier jurista entendería que un asesino ha matado previamente en sí mismo el amor y la ternura. Y después de asesinarse, no tiene reparos en hacer afuera lo que ya hizo adentro. Los que entrenan a los marines lo saben perfectamente. El mandato de sufrir es reemplazado por otro mandato que algunos llaman goce y que yo denomino: modo superyoico de producción de subjetividad. Aclaro y no oscurece: mandato, amenaza, culpa y castigo. Y el mandato privilegiado es: sé feliz. Mas aún: feliz año nuevo. Freud explicaba claramente que en los planes de la naturaleza no estaba incluida la felicidad. Pero sí lo está en los planes de la cultura represora. ¿Cómo enfrentar aquello que nos hace felices? No es tan seguro que comamos perdices pero algún pollito no hace diferencia. La felicidad del príncipe azul o al menos de un empresario cianótico.

Todos los más grandes crápulas, miserables, cínicos, crueles, todos y todas posan sonriendo. Dientes blancos y radiantes que deslumbran y que ocultan partes sucias y hediondas. De la sonrisa, a la risa y de ésta a la carcajada. ¿De que se ríe, señor ministro?, preguntaba Benedetti. Cuando ha quedado totalmente en evidencia que los reyes magos no existen, y que son Frávega, Musimundo y Garbarino, el mandato de la felicidad queda sellado con el pacto perverso con la publicidad.

Quiero

La pareja psicótica que todo lo compra, que el único QUIERO es el del consumo atroz, que todo compra con la única excepción de un orgasmo, es la mutación que la cultura represora ha realizado de la tragedia de Verona.

Romeo y Julieta remixados en una lucha entre familias de tarjetas de crédito, telefonía celular y televisores mas anchos que los ambientes donde son instalados. Julieta se suicida ante un nuevo corte de luz y Romeo antes de seguirla, coloca una bomba de uranio enriquecido en Edesur. El mandato de la felicidad prohíbe odiar, y muy especialmente odiar al enemigo. Si odiamos al amigo es más tolerado porque siempre se explica por las contradicciones, la ambivalencia y otras pestes. Como amigos son los amigos, esos odios son pasajeros y más temprano que tarde teminan en nuevos pactos de complicidad y compinchismo. Una mano siempre lava la otra y de paso la deja impune. Por eso las parejas que se pelean siempre dice que es por “boludeces”. En verdad os digo, son dos boludos que no se animan a pelearse por lo que verdaderamente importa.

Éramos tan felices…¿Por qué no seguir siéndolo? ¿No había enseñado el filósofo cañero que la felicidad jajajaja me la dio tu amor…jajajja? Y de paso le hizo reverencias a la dictadura. Pero el mandato de la reconciliación, del perdón, de la segunda, tercera, cuarta, quinta… e infinitas oportunidades sigue inexorable. Jesús fue claro: la otra mejilla. Nada más. Nunca el corazón, ni el alma, ni el espíritu. Y menos la ideología y la política.

La cultura represora tiene el mandato de dar la otra mejilla para que te destrocen la cara. Sonría: dios lo ama y lo decapita. Es un dios del mercado, pero es lo que hay. El mandato del mercado debe desalojar las evidencias que la carencia es su moneda de cambio frente a la abundancia obscena.

La nueva convertibilidad es: 20 villas miserias = un Nordelta. 200 viajes en trenes del peligro = un viaje en aerolíneas emiratos. Es más importante enfrentar el mandato de la felicidad que combatir los estragos de la injusticia. Porque ese mandato impide el combate por la paz fundante, que no es tregua ni es pacto. Que tampoco es queja ni protesta. Es combate para la batalla cultural que es de muchas generaciones.

Las mismas generaciones muertas que al decir de Marx oprimen como una pesadilla el cerebro de los vivos y también de las generaciones vivas que expanden como un hermoso sueño la mente de los que seguimos vivos.

Interpelo aunque me acusen de amargo, de melancólico, de anarcopsicoanalista, de triste payaso decadente, interpelo el mandato de la felicidad. Y a diferencia del sargento Cabral, no moriré contento al creer que he batido al enemigo. Moriré contento porque sé que lo he combatido. A esa alegría la cultura represora no podrá arrebatármela jamás.

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