El cambio climático, y no la deuda nacional, es la herencia que debería preocuparnos

12de noviembre de 2012.

POR Dean Baker / sinpermiso.info

Imaginemos que en respuesta al ataque a Pearl Harbor por parte de Japón en diciembre de 1941, nuestros dirigentes políticos hubieran debatido la mejor forma de habérselas con el déficit del gasto bélico previsto para 1960. Pues así viene a ser cómo funciona  Washington en estos tiempos.

El liderazgo político, incluyendo al cuerpo de prensa y los expertos de Washington ya andaban ignorando atentamente la desaceleración económica que causa estragos en las vidas de millones de personas por todo el país. Ahora, tras la destrucción provocada por el huracán, intensificarán sus esfuerzos por ignorar el calentamiento global. Al fin y al cabo, quieren que el país se centre en la deuda: una cuestión que nadie más que las élites considera un problema.

La realidad, por supuesto, es lisa y llana. Los grandes déficit de estos años se deben a la desaceleración económica provocada por la explosión de la burbuja inmobiliaria. Si la economía volviera al nivel de desempleo anterior a la recesión, entonces el déficit se acercaría al 1% del PIB, un nivel que podría sostenerse indefinidamente.

Pero los alarmistas no están interesados en los números y la economía; quieren destripar los programas del gobierno, y lo que es más importante, la seguridad social y Medicare. Por eso difunden historietas de miedo sobre la deuda y el déficit. Este es el razonamiento de la Campaña para “Subsanar” la Deuda [Campaign to “Fix” the Debt], que reúne a 80 directivos de empresa aparentemente centrados en poner en orden el presupuesto.

Lo que tal vez resulta más exasperante respecto a este personal es la pretensión de que sus esfuerzos están destinados de algún modo a beneficiar a nuestros hijos y nietos. Esto resulta estrafalario por una serie de razones. En primer lugar, si bien quieren recortar la seguridad social y el Medicare de los actuales jubilados y de quienes esperan beneficiarse de estos programas en un próximo futuro, los mayores recortes de estos planes los sufrirán los jóvenes de hoy.

En efecto, están prometiendo “salvar” estos programas para los trabajadores más jóvenes destruyéndolos. De acuerdo con la mayor parte de las propuestas destinadas a “arreglar” estos programas, la seguridad social proporcionará una prestación nítidamente reducida a los jubilados en un lapso de 40 a 50 años, comparada con el nivel actualmente programado. Y Medicare no garantizará en modo alguno el acceso de la mayoría de la gente mayor a una atención sanitaria decente.

Sin embargo, lo que resulta incluso más estrafalario en relación con la lógica de la equidad generacional es que, de algún modo, el bienestar de las futuras generaciones se pueda medir de algún modo por el volumen de la deuda del Estado. Este aspecto tendría que haberle quedado remachado hasta al más espeso de los halcones por el huracán Sandy. Lo que hagamos o dejemos de hacer en la próxima década tendrá una inmensa repercusión en las condiciones climáticas que sobrelleven nuestros hijos y nietos. Imaginemos que escuchemos a nuestra Campaña para Subsanar la Deuda y encontramos una forma de ir pagando la deuda mientras descuidamos cualquier medida encaminada a poner freno al cambio climático.

Podremos decirles a nuestros hijos y nietos que no tienen pagar intereses por los bonos del Estado (tampoco recibirán intereses de los bonos del Estado, pero no compliquemos más la cuestión con la lógica), aunque evacuen sus hogares antes de que lleguen las aguas de las inundaciones. Sin duda, quedarán muy agradecidos por esta gran ventaja que se les otorga, cortesía de los directivos empresariales de la Campaña para Subsanar la Deuda que tanto piensan en lo público.

En realidad, los miembros de esta campaña no hacen más que vomitar completas estupideces cuando dan a entender que el bienestar de futuras generaciones se verá determinado de cualquier manera por el volumen de la deuda del Estado que les dejamos a ellos. Les legamos a las futuras generaciones a una sociedad y un planeta enteros que se verán dañados en grado variable, dependiendo de nuestra actuación presente. Descuidar estos pasos necesarios para arreglar el planeta por un deseo de reducir el déficit resulta increíblemente irresponsable si vamos a preocuparnos por las futuras generaciones.

Por supuesto, el calentamiento global dista de ser el único coste no presupuestario que estamos imponiendo a futuras generaciones. Cuando llenamos nuestras cárceles de jóvenes, muchos de los cuales pasarán buena parte de su vida en el sistema de justicia criminal, le imponemos un coste enorme a las futuras generaciones. Sólo que no somos lo bastante honrados como para incluirlo en los libros que contienen los presupuestos. Otro tanto vale para cuando nos creamos internacionalmente enemigos con agresivas acciones militares que podrían llevar a una perdurable hostilidad.

Hay casos incluso de contabilidad deshonesta: si el gobierno gravara con un impuesto anual de 250.000 millones los medicamentos con receta (aproximadamente 3 billones de dólares en un horizonte presupuestario de diez años), todo el mundo entendería que se trata de un pesado gravamen para los consumidores. Sin embargo, cuando el gobierno otorga monopolios de patentes a los medicamentos con receta que permiten a las empresas farmacéuticas cobrar 250.000 millones de dólares más que el precio de libre mercado, nadie incluye este coste adicional en los libros de contabilidad. .

La gente del tipo de los de la Campaña para Subsanar la Deuda pretende que esos costes no existen. Sólo quieren que nos callemos y destruir la seguridad social y Medicare. Pero el público probablemente no es tan estúpido como quieren que seamos.

 

Dean Baker es co-director del Center for Economic and Policy Research (CEPR). Es autor dePlunder and Blunder: The Rise and Fall of the Bubble Economy and False Profits, Berret-Koehler Publishers, 2009.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

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