La obesidad como un efecto de la desigualdad

14 de septiembre de 2012.

POR Héctor Barragán Valencia / EMET

La tesis de la obesidad como un efecto de la desigualdad y no sólo causada por el sedentarismo, los malos hábitos alimenticios y la genética es resultado de un amplio y ambicioso estudio realizado por los epidemiólogos Richard Wilkinson y Kate Pickett en países ricos y plasmado en una obra única, sin parangón, que en español se titula Desigualdad: Un análisis de la (in)felicidad colectiva. Los autores también demuestran que la desigualdad propicia la violencia, las enfermedades mentales, el consumo de drogas y el embarazo de adolescentes, así como los bajos rendimientos escolares de los niños y jóvenes. El análisis  se deriva de una doble pregunta: ¿por qué se ha disparado el estrés en las sociedades modernas, en apariencia opulentas, y qué repercusiones tiene en la salud de las personas?

Los epidemiólogos prueban que los niveles de estrés crónico son ostensiblemente bajos en países menos desiguales, como Japón y Suecia, y muy altos en países desiguales como Estados Unidos y Reino Unido. El estrés crónico se manifiesta como un continuo estado de alerta del organismo (liberación de las reservas de energía, vasoconstricción, aumento de los factores de coagulación sanguínea, mayor actividad pulmonar y cardiaca, agudización de los sentidos y alerta del sistema inmune), que trastorna su autorregulación. El estado perpetuo de alerta del cuerpo provoca daños: la movilización de energía en forma de glucosa favorece la obesidad central y la diabetes; la vasoconstricción y los altos niveles de coagulación  causan hipertensión, debilitan el sistema inmunológico, dañan parte del cerebro y la digestión… y esto refuerza los hábitos no saludables.

Ahora bien, ¿qué causa el estrés crónico? Los diversos estudios estadísticos y de salud llevan a concluir a los investigadores que la desigual distribución de la riqueza es el principal factor que detona el estado perenne de estrés. Me explico: el hombre como animal social y político necesita de los demás para sobrevivir, a lo cual se conoce como empatía: capacidad cognitiva que permite reconocernos en los otros, y favorece el desarrollo del lenguaje y la imitación-socialización. Nos relacionamos y convivimos con nuestros iguales y rechazamos a los que no son iguales. Por eso importa tanto cómo nos ven los demás, parecernos y ser lo más igual posible a ellos. La aceptación social nos da seguridad y favorece el desarrollo de la confianza social; el rechazo nos torna inseguros, irascibles y violentos. De ahí que sea vital el lugar que ocupamos en la jerarquía social. Esto explica porqué la desigualdad social genera estrés continuo, mala salud y el creciente malestar en nuestro mundo. Por tanto, es crucial exigir a los gobiernos políticas públicas que favorezcan la igualdad, base de la felicidad.

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