¿Qué se necesita para construir un movimiento?

8 de septiembre de 2012.

 

POR Mark Rudd, CounterPunch

 

Manifestación en el Zócalo de la ciudad de México

Desde el verano de 2003, he atravesado el país hablando en preparatorias, teatros y librerías, primero con el documental The Weather Underground y, empezando en marzo de este año, con mi libro Underground: My Life with SDS and the Weathermen(William Morrow, 2009). Cuando platico con los jóvenes, ellos me dicen: “hagamos lo que hagamos, no sirve de nada”.

 

Esta frase suena raro: es una frase que nunca escuché hace 40 años, un sentimiento obviamente falso en su totalidad. Por haber crecido en los años 50´s y 60´s, yo y el resto del país conocíamos del movimiento por los derechos civiles en el sur estadounidense, y lo más evidente era que los individuos, acompañándose de otros, lograban la diferencia.

 

El movimiento obrero de los 30´s a los 60´s mejoró la vida de millones; el movimiento pacifista además de frenar a un mandatario en funciones, Lyndon B Johnson en marzo de 1968, estaba activamente comprometido en detener la guerra de Vietnam. En los cuarenta años que han transcurrido, los movimientos feministas, por los derechos de los homosexuales, los derechos de los discapacitados, los derechos de los animales, el movimiento ecologista, todos ellos han registrado enormes triunfos políticos y sociales. Para los viejos izquierdistas como yo, todo esto es evidente.

 

Entonces, ¿por qué existe tal derrotismo ahora? Debido a la ausencia de conocimiento de cómo fueron construidos estos movimientos históricos, los jóvenes asumen que surgieron espontáneamente, o quizá, que líderes carismáticos repentinamente los invocaron para crearse. El tercer lunes de cada enero celebramos que Martin Luther King tuvo un sueño, pero el conocimiento del movimiento mismo está extraviado.

 

La actual debilidad del movimiento pacifista contra las guerras en Irak y Afganistán, sin embargo, está muy presente en la experiencia de los jóvenes. Ellos citan el hecho de que millones se volcaron a las calles en la primavera de 2003 para oponerse al inminente ataque norteamericano contra Irak, pero que esas manifestaciones no tuvieron efecto alguno. “Nos manifestamos, pero el sistema nos ignoró”. Aun los más activos dentro de los manifestantes se desmoralizaron  tan pronto como la asistencia a las demostraciones disminuyó rápidamente, las manifestaciones callejeras convirtiéndose en clichés y, a pesar de un cambio en la opinión pública en 2006, las guerras en Irak y Afganistán persisten hoy en día. El éxito de las tempranas movilizaciones espontáneas parece haber contribuido a la debilidad estructural a largo plazo del movimiento pacifista.

 

Hay algo que no cuadra. Algo intuí al respecto cuando leí Letters from Young Activists: Today´s Rebels Speak Out, (Cartas de Jóvenes Activistas: los Rebeldes de Hoy Hablan) editado por Dan Berger, Chesa Boudin y Kenyon Farrow (Nation Books, 2005).

 

Andy Cornell en una carta al movimiento que lo radicalizó “Dear Punk Rock Activism”, critica la mezcla de los términos “activismo” y “organización”. Él escribe: “los activistas son individuos que dedican su tiempo y energía a diversos esfuerzos con los cuales esperan contribuir al cambio social, político o económico. Los organizadores son activistas que, además de su propia participación, trabajan para conducir a otras personas a actuar, los ayudan a desarrollar sus habilidades, su análisis político y confianza dentro del contexto de organizaciones. Organizar es un proceso, creando campañas de largo plazo que movilizan a ciertos constituyentes para presionar a ciertos blancos particulares por demandas específicas, utilizando una estrategia definida y escalando tácticas”. En otras palabras, no es suficiente para los inconformes el expresar reiteradamente su repudio a los valores institucionales a través de su identidad alternativa; tienen que avanzar hacia la “organización de las masas populares”.

 

Entonces: activismo = manifestación propia; organización = construcción de movimientos.

 

Hasta hace poco, raramente escuchaba yo a los jóvenes identificarse como “organizadores”. Durante años, el término común ha sido “activistas”. Organizar se reducía al trabajo tras bambalinas de tuercas y tornillos necesario para sacar adelante un evento específico, tal como un concierto o una marcha. Pero hace cuarenta años, usábamos la palabra “activista” para burlarnos de la visión de nuestros enemigos hacia nosotros, como cuando un administrador universitario o el editorialista de un periódico nos llamaba “activistas inconcientes”. Éramos organizadores, nuestra función era construir un movimiento de masas, y ello significaba una discusión permanente de metas, estrategia y tácticas (y sólo después, contribuir a nuestra flaqueante ideología).

 

Reflexionando sobre mi propia experiencia, me di cuenta de que yo había heredado esta identidad de organizador, de los jóvenes de la rama en Columbia de Estudiantes por una Sociedad Democrática (ESD). Criados por progenitores activos en el movimiento obrero, por los derechos civiles, o en movimientos socialistas o comunistas, estos muchachos habían aprendido de manera natural los métodos de organización, del modo en que otros chicos y chicas aprendían cómo jugar fútbol o a hornear  galletas. “Construir la base” era la estrategia constante del ESD de Columbia para esos años.

 

Por el contrario, los jóvenes activistas actuales que conozco se sorprenden al  enterarse que eventos significativos, como la  rebelión en Columbia durante abril de 1968, no ocurrieron espontáneamente, sino quehabían requerido de años previos de concientización, de construcción de relaciones, de reconsideración individual de su papel en la institución, o sea, de trabajo de organización. Me parece que pensaban que esos movimientos suceden como una suerte de deporte dramático o espectacular: luego de que un pequeño grupo de gente se manifiesta, a enormes cantidades de espectadores se les revela la verdad y se unen. Las masivas movilizaciones contra la guerra de marzo de 2003, que por cierto fallaron en detener la guerra, era el único modelo que ellos conocían.

 

Empecé a buscar literatura que mostrase cómo se construyeron movimientos históricos exitosos. No los resultados o triunfos, tales como la Gran Marcha por los derechos civiles en marzo de 1963 en Washington, sino las pequeñas contribuciones que eventualmente crean las grandes corrientes. Quería saber quién había dicho qué a quién, y cómo habían respondido. Un libro que me recomendaban mis amigos frecuentemente era I´ve Got the Light of Freedom: The Organizing Tradition and the Mississippi Freedom Struggle (Vi la Luz de la Libertad: la Tradición Organizativa y la Lucha por la Libertad en Mississippi), de Charles M. Payne (University of California Press, 1995). Payne, un sociólogo africo-americano, ahora en la Universidad de Chicago, preguntaba cómo los jóvenes estudiantes organizadores del Comité de Coordinación Estudiantil Pacífica, CCEP, habían organizado exitosamente el registro de votantes y promoción de campaña en una pueblo, Greenwood, Mississippi, en los años 1961-1964. La región del delta del Mississippi era una de las más terribles áreas del sur estadounidense, con condiciones para los trabajadores negros recolectores de algodón y en plantaciones, no muy por arriba de la esclavitud. A pesar del  hecho de que el analfabetismo y la dependencia económica eran la norma entre los negros en el delta, y de que habían sido objeto de años de tácticas violentas de terror, incluso el asesinato, el CCEP milagrosamente organizó a esa gente para que diera pasos hacia su propia libertad, a través de conseguir el derecho al voto y la educación. ¿Cómo lo hicieron?

 

Lo que Payne desarrolla a través de su investigación del CCEP en Greenwood es un método de organización sin nombre pero que está sólidamente arraigado en las tradiciones de mujeres religiosas en el sur rural estadounidense. Las iglesias negras usualmente contaban con pastores masculinos carismáticos, que, a consecuencia de sus posiciones, dirigían de una manera autoritaria. Sin embargo, el trabajo de las congregaciones mismas, los eventos sociales, así como la educación y ayuda mutua eran organizadas a nivel de base por las mujeres, con métodos democráticos y sociales en estilo. El Comité Directivo Cristiano del Sur, de Martin Luther King, CDCS, usaba el modelo de ministros protestantes en sus movilizaciones para actos, mientras los jóvenes del CCEP, adiestrados por las enseñanzas y ejemplos de veteranos de movimientos libertarios como Ella Baker y Septima Clark, se abocaban a la construcción de relaciones con la gente local y los ayudaban a desarrollar liderazgos dentro de estructuras democráticas. El principio básico de organización del CCEP, la “democracia participativa”, era una herencia directa de Ella Baker.

 

Payne escribe: “El Comité de Coordinación Estudiantil Pacífico predicaba un evangelio de la eficiencia individual. Lo que haces tú, importa. Para movilizarse políticamente, la gente tiene que creer en sí. En Greenwood, el movimiento fue capaz de explotar las tradiciones comunales y familiares que alentaban a la gente a creer en su propia conducción”.

 

Las características de ese método, algunas veces llamado “desarrollable” u “organizativo transformacional”, involucran una estrategia de largo plazo, una paciente construcción de la base, el compromiso personal entre la gente, una participación totalmente democrática,educación, el desarrollo de las capacidades directivas populares y la construcción de alianzas. El método desarrollable es con frecuencia yuxtapuesto al estilo organizativo de Alinsky, que es usualmente caracterizado como de arriba hacia-abajo y manipulador.

 

Para una visión de primera mano sobre los métodos organizativos de Alinsky, aunque nunca es reconocido como tal, por parte de un entrenado y adiestrado practicante, véase el libro de Obama, Dreams from My Father (Sueños de mi padre; Three Rivers Press, 1995 y 2004). En la parte media del libro, “Chicago”, Obama describe sus tres años de organización en las calles y viviendas de interés social del sur de Chicago. De forma maravillosa, invoca sus motivos –mejorar las condiciones de vida de la gente- pero al mismo tiempo esboza un panorama gris de la organización. Las dudas subsisten: ¿quién capacitó a Obama? ¿cuál fue su entrenamiento? ¿quién le pagaba? ¿cuál es su guía ideológica? ¿cuál es su relación con la gente que él llama “mis líderes? ¿están por encima de él, o él los manipula? ¿quién llama a la acción? ¿cuáles son los resultados a largo plazo? Es una gran oportunidad para empezar una discusión con jóvenes organizadores.

 

Mientras leía I´ve Got the Light of Freedom, me di cuenta de que mucho de lo que habíamos llevado a cabo en el grupo Estudiantes por una Sociedad Democrática (ESD) se derivaba del Comité de Coordinación Estudiantil Pacífico y su tradición de organización desarrollable, incluida la visión de la democracia participativa, que fue incorporada en el documento fundacional de ESD de 1962, la “Declaración de Puerto Hurón”. El trabajo en Columbia de ESD era paciente, estratégico, de construcción de la base, usando tanto la confrontación como la educación. Yo mismo había sido alimentado y desarrollado a una posición de liderazgo a través de años de una estrecha amistad con organizadores veteranos.

 

Sin embargo, mi caída llegó después de 1968, cuando bajo las ilusiones de la revolución, abandonamos el trabajo de organización, primero, por la confrontación militante (Weatherman y “los días de rabia”, octubre de 1969) y después por la fase de guerrilla urbana (el Weatherman clandestino, 1970-1976). Tuvimos, en efecto, un retroceso desde la organización a la autoproclamación, a la creencia simple, ridícula, de que eso construiría el movimiento. En el momento en que era más necesaria la organización para construir un movimiento anti-imperialista de masas, abandonamos el trabajo de organización.

 

Ésa es la historia que cuento en mi libro, Underground, Clandestino. El libro trata acerca de buen trabajo de organización (en Columbia), decadencia (Weatherman), y arribando a lo horrible (Weather Clandestino). Espero que sea útil a organizadores contemporáneos, preguntándose cómo construir el próximo movimiento de masas.

 

Mark Rudd vive y enseña en Albuquerque, Nuevo México. Su página web eswww.markrudd.com.

 

Anuncios
  1. Deja un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: