El miedo a la democracia I, II, III y IV. POR Carlos Fazio #México

3 de septiembre de 2012

POR Carlos Fazio / La Jornada

I

Una vez más, la fabricación del consentimiento funcionó. Triunfó la telecracia. El poder del dinero. La elección presidencial fue una gran operación de propaganda aceitada con sobornos, extorsiones y corrupción. Un montaje orquestado por los poderes fácticos a través de monopolios mediáticos y casas encuestadoras, en sociedad con el aparato del viejo partido de Estado, el Revolucionario Institucional (PRI). Ganó México, afirmó Enrique Peña en la victoria. Ahora, él representa el interés nacional. Es decir, el interés de la clase dominante. Adoctrinado por el sistema, será su administrador de turno.

Los amos de México disfrutan el espectáculo y se preparan para el gran banquete. Porque no hay engaño: se trataba de mantener a raya a la chusma libertaria, y lo lograron. En la actual selva socialdarwinista neoliberal mexicana, ganó el corrupto más competitivo. ¿Su tarea? Mantener a la atolondrada multitud en un estado de sumisión implícita; contener el despertar de la plebe. Ganó el candidato que contó con la maquinaria más experimentada en explotar la servidumbre humana, en controlar masas subordinadas, encadenadas a un orden autoritario-servil. Triunfó el más apto en el marco de un Estado de tipo delincuencial y mafioso en rápida fase de putinización.

Recuerda Noam Chomsky que en las sociedades industriales avanzadas la toma de decisiones reside en manos privadas, que utilizan instituciones ideológicas para canalizar el pensamiento y las actitudes de la población dentro de límites aceptables, desviando cualquier reto potencial hacia el privilegio y la autoridad establecidos, antes de que pueda cobrar forma y adquirir fuerza. La tarea consta de muchas facetas y agentes. Uno de los agentes principales para el control del pensamiento crítico son los medios de difusión masiva. Según Chomsky, los ciudadanos deberían emprender un curso de autodefensa intelectual para protegerse de la manipulación y del control. Sólo que en México, esta vez, a la guerra suciay el terrorismo mediáticos hay que sumar el papel propagandístico de las principales firmas encuestadoras. Los sondeos no fallaron. Fueron diseñados para engañar y/o confundir a laopinión pública. Se manejaron espots propagandísticos en traje de encuestas, porque la gente cree quelos números nunca mienten (la verdad matemática o el fetichismo moderno por el número, Ilán Semodixit). Pero las cifras no son neutrales. La ofensiva massmediática tuvo como eje la difusión de una matriz de opinión dirigida a convencer al electorado, antes de que votara, de que ya había un ganador inalcanzable.

Los nexos económico-ideológicos entre el poder mediático y los mercaderes de encuestas son públicos. Hace varios años, las barras informativas de las cadenas de radio y televisión incorporaron comoanalistas a los directores de las encuestadoras más profesionales del mercado. Entre ellas, Consulta Mitofsky (cuyo cliente principal es Televisa Tv-Radio), GEA/ISA (propiedad de Jesús Reyes Heroles, contratada por el Grupo Multimedia Milenio), BCG Ulises Beltrán (al servicio del Grupo Imagen Multimedia que publica el diario Excélsior), Buendía y Laredo (El Universal) y Parametría (cadena El Sol de México). El caso del sumo sacerdote de Mitofsky, Roy Campos, en los espacios electrónicos de Televisa y Radio Fórmula, ha sido notable. También los de Francisco Abundis (Parametría) y Ulises Beltrán.

El trabajo de los nuevos gurús ha sido contribuir a la construcción social de Enrique Peña, manipular a las audiencias (el aturdido rebaño), fabricar una opinión pública a la carta y manufacturar un sesgo informativo en favor del bloque dominante, todo lo cual fue legitimado por las encuestas al proveerle el falso sello de la aprobación pública. Las firmas que manipularon las cifras en 2006 y legitimaron el fraude en favor de Felipe Calderón vendieron ahora el triunfo anticipado. A la manera de Antonio Gramsci, generaron el consenso necesario anexo a la fuerza. Mediante la repetición de una misma matriz –en la que participaron los intelectuales orgánicos de las cadenas de diarios bajo control monopólico–, los periodistas estrellas (press-titutes, los llamó Paul Craig Roberts) complementaron la faena. Ya en la recta final de las campañas, bajo la máscara de una verdad técnica, protegieron al puntero prefabricado y sembraron la desesperanza entre quienes aspiraban a un cambio.

Para Etelberto Cruz, la raíz de lo que algunos definen encuestocraciase encuentra en que los candidatos y las corporaciones mediáticas dan un uso político a los ejercicios de demoscopia, aprovechando que no hay transparencia sobre quién paga y los intereses que están detrás de esos sondeos. El bombardeo sobre la ventaja de Peña se insertó en una estrategia deliberada para propagar la cultura de la anomia, que Cruz define como una cultura de la depresión que busca provocar la inacción, la parálisis del votante. Una forma de inducir el voto por el que va a triunfar o el abstencionismo. Para hacer ganar a Peña, los poderes fácticos patrocinaron propaganda en forma de encuestas disfrazadas. La influencia de los señores del dinero, que en elecciones anteriores se hacía sentir enpublicidad pagada por particulares –ahora prohibida por ley–, se transfirió al abono de encuestas. Ello permitió la proliferación de propaganda facciosa camuflada como estudios de opinión y trabajos demoscópicos, que al no estar debidamente regulados, verificados y auditados pudieron contrabandear sus sesgos, inconsistencias científicas y deficiencias metodológicas.

Una sociedad salvaje –en el sentido socialdarwinista–, que asistió impávida al asesinato de miles de niños, jóvenes, defensores de derechos humanos, periodistas y civiles inocentes, no estuvo a la altura de la indignación del movimiento #YoSoy132, menos pulsional y más pensante, ergo, más impermeable a los espots propagandísticos. Se dibuja la irrupción de un Estado corporativista ya no atomizado por mafias. Bajo Mussolini primó la mafia de los fascistas. ¿Qué deparará el peñismo?

II

Después de la Segunda Guerra Mundial, ante la emergencia popular y el auge de las ideas socialistas en el orbe, y por miedo a la democracia, con el espantajo de una agresión comunista extracontinental la élite del poder estadunidense edificó un Estado de bienestar para los ricos con una ideología de seguridad nacional para el control de la población. Con el cuento de losvalores de la democracia occidental y cristiana, el modelo se exportó, custodiado por los infantes de marina. El uso de la propaganda fue clave en la fabricación de un mundo maniqueo destinado a encubrir la lucha de clases y la dominación capitalista. La falsificación sistemática de los hechos –de crímenes e infamias múltiples– llega hasta el presente. Pero, desaparecido el otro polo de la contradicción de la guerra fría, el capitalismo ya no se preocupa por ocultar su rostro real. A la crisis del capitalismo fordista siguió la restructuración neoliberal depredadora, tildada deglobalización. Hoy, en el marco de un imperio anárquico y casi omniabarcante, rige un entramado estructurado jerárquicamente por estados, organizaciones internacionales, consorcios multinacionales y –no en último término– bandas criminales de tipo mafioso.

El mundo está dominado por las más altas esferas del poder político, oligopólico, militar y financiero, es decir, por verdaderos criminales organizados, cuya máxima expresión visible son las mafias representadas en Davos. Con la salvedad de que el capitalismo monopólico jamás había estado tan bien definido como ahora. En un acto de ocultismo, la propaganda neoliberal, convertida en un instrumento eficaz de desinformación, trata de convencernos de que vivimos en un mundo feliz, mientras una violencia represiva creciente completa sus efectos y asegura el control social.

Desde hace años, la política devino escenificación mediática, en el sentido de un desacoplamiento sistemático entre el discurso político y la práctica política. Como dice Joachim Hirsch, lo que hoy día se llama política se reduce cada vez más a la administración más o menos eficiente del orden existente, al acomodamiento ante las fuerzas compulsivas de los hechos y de las circunstancias. Sumergidos en un sistema de corrupción estructural, quienes malgobiernan administran elstatu quo y buscan ofrecer las condiciones más redituables al capital a costa del bienestar social. En Estados Unidos gana el que mete más dólares a su campaña. El poder del dinero y la propaganda disfrazada de mercadotecnia fabrican presidentes. En 2008, Barack Obama fue premiado por la industria de la mercadotecnia por su campaña de propaganda electoral; se ubicó por encima de cualquier otro producto. En Italia, con su pasado criminal, Berlusconi fue elegido primer ministro de un país mafioso y mariano-católico machista, en dos ocasiones.

Como aparatos mediáticos del sistema de dominación, en lugar de valores políticos de uso, los partidos trafican en el mercado electoral con mercancías políticas fetiches. En la competencia entre aparatos partidistas se trata, ante todo, de una diferenciación de producto según técnicas de la industria de la propaganda comercial. Los departamentos de propaganda y los estilistas políticos fabrican candidatos. Lo que cuenta es la presentación, lo decisivo es el envase. Ayer Vicente Fox, hoy el muñeco telegénico de Televisa y los poderes fácticos, Enrique Peña Nieto, a quien habían programado para ganar por dos dígitos para imponer las contrarreformasestructurales. Las promesas de campaña fueron parte de la puesta en escena; no eran para ser cumplidas. Además, vivimos en la sociedad de la disculpabilidad. La clase política y sus papagayos en los medios hablan permanentemente de responsabilidad, pero, si algo sale mal, piden disculpas. Como ahora con las encuestas: cinismo puro. Además, las promesas sirvieron para embadurnar la compra de votos a masas de desheredados que no tienen en su horizonte cultural siquiera la idea de sociedad, en el sentido de la modernidad. En Alemania, 31 por ciento del electorado votó para que Hitler llegara al poder y fue copropiciador de una debacle y una orgía de barbarie de dimensiones históricas.

En México, todos los partidos son corruptos y usan los mismos métodos. Son comprables y, por tanto, compradores de voluntades. Sólo difieren en los niveles decompetitividad. En la selva socialdarwinista neoliberal ganó el corrupto más competitivo del partido virtual de la unidad (Joachim Hirsch), o lo que Losurdo llamaba unmonopartidismo competitivo, con formaciones políticas que representan a la misma burguesía y exhiben la misma ideología neoliberal.

Los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional vienen coadministrando los intereses del gran capital desde los años 80. Ahora impusieron a Peña, el gandalla más apto de la partidocracia. Andrés Manuel López Obrador no podía ganar en 2006 ni en 2012. Con independencia de que sea un mesías o Satanás, de izquierda o derecha –y de que esté rodeado de algunos personajes sin integridad y rigurosamente inescrupulosos, y de que no puso la guerra estúpida de Felipe Calderón como tema de campaña–, la aversión de la oligarquía a AMLO es porque no es chantajeable ni cooptable. Porque, como diría Max Weber, vive PARA la política, no DE la política.

La política llena su vida. A diferencia de los integrantes de laclase política –para quienes la política es una chamba y un vehículo para el enriquecimiento personal–, para AMLO la política es pasión. Además, en tiempos del neoliberalismo rapaz, cuando rige el dios dinero, a él no le interesa el dinero. Ergo: tampoco es comprable. Y eso es peligroso: unalocura. Pero a la vez, tiene gran poder de convocatoria y puede movilizar grandes masas, como el general Cárdenas. En esa medida, es un poder fáctico fuera del control de la oligarquía, de las huestes jerárquicas locales de Ratzinger y del imperialismo. Por eso se le sataniza y se le ha querido aniquilar. Por eso, y porque también los amos de México le tienen miedo a la democracia.

III

La fase poselectoral volvió a entramparse en México, país singularizado por fraudes seriales. A diferencia del Pemexgate y el caso Amigos de Fox en los comicios de 2000, lo novedoso ahora es que, además del financiamiento irregular de grandes patrimonios particulares y grupos corporativos privados, la candidatura de Enrique Peña Nieto pudo haber sido aceitada con dinero sucio de la delincuencia organizada.

No hay crimen perfecto. La compra de la Presidencia de México para el candidato fabricado por Televisa y otros grupos multimedia, en colusión con firmas encuestadoras, exhibe muchos cabos sueltos, algunos de los cuales podrían configurar asociaciones delictuosas –incluido lavado de dinero y la triangulación de fondos de procedencia ilícita a través de empresas fantasmas, paraísos fiscales e instituciones financieras, bancarias y comerciales– entre los operadores de campaña de Peña.

Al escándalo de HSBC destapado por el Senado de Estados Unidos, seguido por el Sorianagate y elMonexgate –incluida la extraña muerte del empresario Juan Armando Hinojosa Cantú, ligado al fondo financiero para la campaña peñista–, se suman la denuncia sobre presunto lavado de dinero a través de Scotiabank contra Luis Videgaray, coordinador de campaña del priísta, y la admisión de culpabilidad ante una corte de Nueva York del ex gobernador en Quintana Roo Mario Villanueva, por su participación en operaciones de blanqueo de capitales procedente del tráfico de drogas.

Aunque se trata de casos diferentes y sin aparente conexión –incluida su temporalidad–, la conjunción de hechos devela una trama compuesta por mecanismos paralelos y oscuros modus operandi propios del otrora partido de Estado, lo que obligaría a limpiar los comicios por las autoridades competentes, con apoyo de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda y la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (Fepade). Si no, ¿para qué sirve la Ley Federal para la Prevención e Identificación de Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita y Financiamiento al Terrorismo?

No obstante, la larga historia de corrupción, impunidad y simulación de México indicaría que eso es casi imposible. Máxime, cuando el comandante en jefe de la guerra a las drogas, Felipe Calderón, se ha venido haciendo el tonto frente a los reportes del Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) y del Senado estadunidense, que prueban que México se ha convertido en un gran bazar del lavado de dinero para las mafias delincuenciales, en un mundo regido por el neoliberalismo y sus imperativos: la apertura de mercados bajo la falsa bandera del libre comercio, la desregulación generalizada y la obtención de tasas máximas de rentabilidad en plazos cada vez más cortos de recuperación de la inversión. Con la evidencia palpable, al igual que en Colombia o Rusia, de que el dinero de las mafias está presente en la política.

En ese contexto, no llama la atención la rápida validación de lavictoria de Peña por el Consejo Coordinador Empresarial (CCE, organismo cúpula del Consejo Mexicano de Hombres de Negocios) y otras agrupaciones satélites como Concamin, Concanaco, Coparmex, Canacintra, la Cámara de Comercio, la Asociación de Bancos de México, AMIS, el Consejo Nacional Agropecuario y la Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales.

Lo que sí asombra un poco es la descarada defensa del proceso comicial por algunos consejeros del Instituto Federal Electoral. Al respecto, y más allá de la evidente toma de partido del presidente del IFE, Leonardo Valdés Zurita –que viene a confirmar que el sistema electoral está al servicio de las élites del poder–, sorprenden argumentaciones como las de la consejera María Marván Laborde, quien en su texto Malas encuestas, ¿ciudadanos idiotas?, hace una velada defensa de las compañías demoscópicas, la televisión, la radio y los periódicos y, asumiendo una actitud paternalista, exonera de cualquier viso de manipulación al ciudadano de a pie. Como en 2006, la autolegitimación del fraude disfrazada de reivindicación de la ciudadanía encarnada en la gente común. El viejo recurso de elogiar al populacho, a la chusma.

Sumado a una Fepade y una CNBV inútiles, y a un Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación integrado por magistrados peñistas de corazón, lo anterior deja poco lugar al optimismo. En realidad no hay sorpresa. Se confirma la existencia de unas instituciones míticas, cuya función es la conservación del statu quo. Una vez más, queda exhibida la razón cínica del búnker dirigente –como sinónimo de una sociedad jerarquizada y clasista, opuesta al cambio y la innovación sociales–, controlado por una minoría dominante intransigente, que cultiva un absurdo esencialismo ahistórico y siente un miedo patológico a la información, a la verdad y al pensamiento crítico.

No tardarán en intensificar su severo repertorio ideológico con aire de cruzada en pro de los intereses de los de arriba. Con independencia de las trampas semánticas y la fraseología falsificada de la actual dirigencia priísta y sus amanuenses mediáticos, los mitos del búnker se refieren, como es natural, a los valores más comercializables en el mercado: la defensa de la mexicanidad, de la patria, la democracia, las libertades, del estado de derecho y las instituciones –entre ellas el sacrosanto IFE ciudadanizado, blindado y a prueba de fraudes–, en contraposición al odio y la violencia de quienes encarnan un peligro para México. Una vez más, mitos, mitos, mitos. Con la salvedad de que cuando sus intereses son puestos en peligro por la evolución crítica de la sociedad, los amos de México no dudan en defenderse con todo el peso de esas instituciones y las fuerzas represivas del Estado.

IV

Consumatum est. Enrique Peña será el nuevo mandarín en palacio al servicio de los poderes fácticos. En sendos actos de simulación deliberativa mediática y propagandística, los días 30 y 31 de agosto un puñado de jueces absolutistas, mezquinos y arrogantes concluyeron las operaciones de trabajo sucio en las cloacas del sistema político mexicano. En un unánime fallo farragoso, reduccionista, falto de pulcritud y signado por una parcialidad obsecuente, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación rechazó la demanda de la coalición Movimiento Progresista para invalidar los comicios y declaró a Peñapresidente electo. Con precipitación torpe, evidente abuso de las formas y rudeza innecesaria con atisbos de burla, los magistrados desecharon todas las impugnaciones presentadas. De manera legal triunfó la imposición. Y, como hace seis años, asistimos a la coartada de la legalidad y a un obsceno ejercicio de autobombo. A una nueva parodia institucional con actores de cuarta; a otro episodio de la política como espectáculo.

Con su inequívoco mensaje orwelliano, los magistrados volvieron a ratificar que se puede ganar con trampas y a la mala, y el perdedor debe acatar los resultados en nombre de lademocracia y la unidad nacional, so riesgo de ser catalogado como violento, orillado al margen de la ley y criminalizado. Lo novedoso, en la coyuntura, fue que Alejandro Luna Ramos y su patota de leguleyos por consigna tuvieron que actuar como un escuadrón de escarmiento. Su víctima principal: Andrés Manuel López Obrador, el enemigo oficial. También quedó claro que la misión del tribunal era consumar el asalto de la Presidencia y poner a la chusma aturdida (Chomsky dixit) en su lugar. Es peligroso que el pueblo conozca su propia fuerza y quiera autodeterminarse. La mayoría debe resignarse al consumo de fantasías e ilusiones, no participar. La participación es deber de los hombres responsables. De allí que fuera la de estos jueces de barandilla una operación de adoctrinamiento y de control del pensamiento. Expertos en artimañas, con argucias baratas utilizaron la ley como instrumento particular de la dominación hegemónica. ¿Objetivo? En la transición, intentar mantener a raya a la vociferante y terca multitud, encarnada en Morena y el movimiento #YoSoy132.

Los que poseen las riquezas y dominan México desean un público disciplinado, apático y sumiso, que no cuestione sus privilegios y el ordenado –aunque violento– mundo en que medran. De allí, que, básicamente, como enseña Noam Chomsky, las decisiones tomadas por los tribunales y los hombres de leyes no estén dirigidas a garantizar la voluntad popular, sino a fortalecer la tiranía privada. A beneficiar al gran capital, como antítesis de la democracia. Como decía John Dewey, mientras exista un control sobre el sistema económico, hablar de democracia es una farsa.

Cómplices del IFE y la partidocracia, el discurso autista, cínico y clasista de los magistrados exhibió su papel en el reparto: imponer a Peña y amenazar a la plebe. No en vano, las dos primeras palabras del mexiquense al recibir su constancia fueron la legalidad. Su proyección lo traicionó: se sabe un ungido ilegal. Ahora, su misión será servir de administrador en un Estado niñera del poder corporativo; un Estado de bienestar para los ricos y privilegiados. Eso no se discute, aunque las mayorías no alcancen a percibirlo de manera evidente.

Durante los años del neoliberalismo las grandes empresas han intentado minar y demoler los últimos resabios del antiguo contrato social. Tras dos fracasos parciales de los gobiernos del PAN, la tarea, hoy, ha sido encargada al pichón de dinosaurio priísta. La misión de Peña es imponer las contrarreformasestructurales que faltan. Entre ellas, la laboral. Y seguir subsidiando y/o rescatando al gran capital. En campaña, el muñeco de Televisa no podía decir a las masas de trabajadores pobres y despolitizados –a quienes sus operadores compraron con tarjetas Soriana y Monex–:Vótenme, quiero matarlos y violarlos(como ocurrió bajo su mando directo con dos muchachos y 23 mujeres en San Salvador Atenco en 2006), o:Vótenme, quiero hambrearlos y empobrecerlos más. De allí que recurriera a una demagogia populista simplista y a renovadas formas de aceitar un clientelismo político narcotizado.

El nuevo PRI es el viejo partido corrupto, vertical y autoritario de laguerra sucia y las privatizaciones, cuyo único logro fue aumentar el número de millonarios y acelerar la reducción de los salarios y de las condiciones sociales. La historia está fresca. Hoy, la mafiocracia se recrea. Pero el sistema de propaganda no quiere que la gente recuerde ni piense: puede apoderarse del gobierno y utilizarlo como instrumento de poder público. De allí que se le infantiliza. Pretenden que la población no se dé cuenta de nada. Que no pregunte, por ejemplo, cómo funcionan las grandes empresas, los bancos y las casas de bolsa. Cómo triangulan y lavan dinero sucio que proviene de actividades ilegales y criminales. Y cómo, en ocasiones como en la actual, esos recursos sucios sirven para imponer presidentes dóciles, manejables, controlables.

A veces, como ahora, los integrantes del Consejo Mexicano de Hombres de Negocios, del Consejo Coordinador Empresarial y otros sindicatos corporativos se ven obligados a decir su palabra para reforzar la de sus amanuenses. Es obvio que no están en los negocios para ser humanitarios como la madre Teresa de Calcula, y no es necesario buscar razones ocultas. Hacen negocios para que aumenten sus beneficios y sus acciones en el mercado. Y en ocasiones como la presente, fabrican presidentes para que administren sus intereses. Sepultada la equidad y consumado el fraude, tras dos sexenios panistas que profundizaron el modelo, México transita hacia una nueva fase de institucionalización de un Estado de tipo delincuencial y mafioso.

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