El deporte contemporáneo es un formidable laboratorio ideológico

Anne Marie Mergier

París.- Sociólogo y antropólogo, Jean Marie Brohm lleva 30 años analizando la ideología deportiva y escribiendo libros, ensayos y artículos sobre el tema. Doctor en Letras y Ciencias Humanas, catedrático de la Universidad de Montpellier –sur de Francia-, Brohm es también miembro de la redacción de la revista Galaxie Anthropologique (Galaxia antropológica) y dirigió durante 25 años la revista Quel Corps? (¿Qué cuerpo?)

Hace tres años publicó una amplia síntesis –570 páginas- de todos sus trabajos, con el siguiente título:Las jaurías deportivas, crítica de la dominación. Ahí, Brohm hace una radiografía de todos los aspectos del deporte contemporáneo, desde su nacimiento en Gran Bretaña a mediados del siglo XIX, ligado al desarrollo del capitalismo industrial; utiliza para ello enfoques sociológicos, antropológicos, filosóficos, psicoanalíticos, económicos y políticos.

El primer párrafo de su libro expresa la convicción del autor: el deporte es el “opio del pueblo”:

“Este libro trata de una nueva forma de religión: el deporte-espectáculo. Ese opio del pueblo que moviliza a centenares de millones de aficionados fanatizados, multitudes enormes de partidarios de lo inútil o de lo irrisorio, hordas ruidosas de fieles incondicionales, que, en ciertas oportunidades, pueden transformarse en jaurías sanguinarias de venganza o linchamiento, como lo demostraron los acontecimientos dramáticos ocurridos en los estadios de Heysel (Bélgica) en mayo de 1985 y de Cheffield (Gran Bretaña) en 1989; ese opio, pues es objeto de un consenso absoluto. Deportistas y espectadores se precipitan como masas orantes en los lugares de culto, no vacilan de vez en cuando en practicar ceremonias expiatorias o sacrificantes contra víctimas expiatorias. Ideólogos y políticos, verdaderos trovadores de la leyenda deportista, claman en un tono totalmente repetitivo y estereotipado los artículos de fe o del dogma de la “religión atlética”, para retomar las palabras de Pierre de Coubertin.

“Finalmente, intelectuales y universitarios, en su inmensa mayoría, sucumben ante los encantos del populismo deportivo. En todos los casos, el fenómeno deportivo contemporáneo sigue siendo objeto de una veneración universal, casi mítica. La adoración o la idolatría del deporte es tan fuerte que provoca regularmente la irrupción de síntomas delirantes, desencadena actos patológicos y genera locuras colectivas”.

DEPORTES Y CAPITALISMO

Es imposible retomar punto por punto la demostración implacable y diversificada de Brohm. En la entrevista que concedió a la corresponsal, el investigador aceptó hablar sólo de algunos aspectos de su trabajo.

–       Después de presentar el deporte moderno como el opio del pueblo, usted precisa que esa droga es “la refracción simbólica de una civilización dada: la moldeada por el capitalismo”.

–       Por supuesto, y precisamente por esa razón se debe tomar el deporte muy en serio. El deporte es la víctima por excelencia del capitalismo avanzado, su expresión cultural, económica e ideológica perfecta. El deporte es el vehículo de los valores esenciales del capitalismo al tiempo que es su producto mejor acabado, su obra maestra institucional, digamos.

–       En su libro, usted recuerda que el deporte moderno nació hace un poco más de un siglo en Gran Bretaña al principio de la era industrial.

–       La historia del deporte contemporáneo se inscribe totalmente en el desarrollo del capitalismo, tanto a nivel nacional, como a nivel internacional. La universalización de la institución y de las prácticas deportivas –federaciones internacionales, campeonatos del mundo, Juegos Olímpicos, Comité Olímpico Internacional, etcétera- se produce simultáneamente con el surgimiento y la consolidación del sistema capitalista, del cual refleja todos los principios de funcionamiento, todas las tendencias, todas las contradicciones. Las relaciones estructurales del deporte y del capitalismo determinan homologías fundamentales entre la valorización del capital y la búsqueda del récord deportivo.

–       En otras palabras, la lógica del deporte de alto nivel y la lógica neoliberal coinciden.

–       Obviamente. La competencia desenfrenada entre las empresas, a nivel nacional o internacional, tiene su equivalente perfecto en la lógica competitiva del deporte. ¿Cuáles son los lemas deportivos: “¡Que gane el mejor! ¡Arriba los ganadores! ¡Abajo los perdedores!” ¿Qué nos dicen los cantores del neoliberalismo? “¡Libre competencia! ¡Arriba las empresas rentables! ¡Muerte para las demás! ¡Arriba los seres rentables! ¡Fuera los que no lo son! Las empresas funcionan como clubes deportivos y los clubes deportivos como empresas. Los unos y los otros buscan rendimiento, récords, están obsesionados por la competitividad. Y esa misma ideología es la que se nos pretende imponer a cada uno de nosotros, en todas partes. El deporte contemporáneo, en su dimensión de gigantesco y monstruoso espectáculo planetario, es un “formidable” laboratorio ideológico, un instrumento perfecto que permite que la gente se acostumbre, sin darse cuenta, a la ideología liberal.

–       El atleta eliminado de la competencia como metáfora del desempleado, del excluido… El estadio como metáfora de nuestra sociedad…

–       Exactamente. En una sociedad liberal en la que el trabajo escasea cada vez más, solamente “los buenos” pueden ganar. Los pobres, los que “no la hicieron”, son los “malos”, “los perdedores”, tienen la culpa, les faltó entrenamiento, les faltó voluntad, les faltó ambición. Esa importancia desmedida tomada por el espectáculo deportivo es totalmente perversa. Justifica la selección, el individualismo, la competencia entre la gente, consolida el espantoso mito del éxito individual, del self made man, pilar de la ideología estadounidense que gana terreno en todo el planeta. El mundo pertenece a los vencedores. Fuera los débiles.

“El deporte moderno es una mercancía. Los clubes venden y compran deportistas. Los deportistas más famosos venden su imagen a empresas que venden sus productos con esa imagen. El Comité Olímpico Internacional (COI) vende los Juegos a las multinacionales y a las grandes cadenas televisivas. Estas multinacionales a su vez venden sus productos gracias a los anillos olímpicos, y las grandes cadenas televisivas venden sus espacios publicitarios a otras empresas que aprovechan las transmisiones deportivas para vender sus productos… El deporte moderno mueve millones y millones de dólares, en operaciones opacas, con métodos que, a menudo, se parecen a los de las mafias. El sistema deportivo está organizado como una gigantesca empresa multinacional de enriquecimiento mutuo. Para mí es una delincuencia con cuello blanco que goza del apoyo de todos los poderes públicos del mundo. Eso ya no choca a casi nadie. Con ese mercantilismo a escala planetaria, abierto, cínico, la gente se va a acostumbrando a la idea de que todo se compra y todo se vende, empezando por sus ídolos.”

–       Cada vez más adolescentes sueñan con estos ídolos…

–       Y con eso volvemos al mito del self made man, el campeón que surge de un suburbio miserable y se vuelve el rey: Pelé, Maradona para citar sólo dos ejemplos latinoamericanos.

–       Son los grandes aventureros de la era moderna. En ese sentido se puede hablar de opio. El campeón hace soñar a los más pobres, los más explotados, los más oprimidos, a los que ya no tienen esperanza alguna. Esos olvidados se pegan a las pantallas de televisión y admiran las proezas “fabulosas” de los “dioses del estadio”, sus dioses. Entran en un universo encantado. En el mundo de la leyenda, de lo maravilloso. Y esa “magia” les permite olvidarse de la realidad en que viven. Los embrutece. Los anestesia. Los lleva de manera perversa a interiorizar todos los mensajes ideológicos que transmiten sus ídolos. Analizar el vocabulario utilizado por los comentaristas deportivos es apasionante: uno de los términos más empleados es fabuloso…

–       El impacto ideológico del deporte es bastante complejo, por un lado coincide, como lo acaba de explicar, con el mito del éxito individual; por otro, puede exacerbar pasiones colectivas, nacionalistas.

–       Efectivamente. En mi libro cito, entre otros casos, el del Campeonato Mundial de Futbol de Argentina, durante el cual se logró hacer olvidar a los argentinos la dictadura militar despiadada que sufrían. Fue impresionante ver a todo este pueblo gritando al lado de Videla y sus gorilas: “Argentina campeón”… El deporte había logrado transformar a ese pueblo víctima de una dictadura en jaurías deportivas nacionalistas. Pero estos dos impactos –consolidación del individualismo y/o del nacionalismo- distan de ser contradictorios. A lo largo de estos 30 años de análisis de la realidad deportiva entendí que esa realidad es un hecho social total, una totalidad concreta que condensa de manera compleja, a través de una serie de contradicciones, todas las determinaciones, instancias, modalidades, características de la sociedad capitalista. El capitalismo mismo es una totalidad concreta que no se reduce a su sola dimensión económica, como se afirma en todas partes, ya sea por ignorancia, ya sea por malevolencia. El capitalismo es una formación sociocultural sumamente compleja también.

–       Usted dedica una parte de su libro al papel de la informática en la “programación de los atletas de alto nivel”.

–       La biomecánica computarizada se ha vuelto la condición sine qua non del éxito de un atleta. La idea es simple. Se considera al atleta como una máquina. Se integra un fichero computarizado con todos sus parámetros: morfología, fisiología, psicología, alimentación, higiene, modo de vida, sexualidad, vida privada, entrenamiento, y se hacen cálculos para rentabilizarlo al máximo. Se calcula el plan de entrenamiento de un atleta como la trayectoria de un misil. Se trata al atleta exactamente como se puede tratar a un motor de Fórmula Uno. Es el mismo principio. Un ejército de médicos deportivos, psicólogos, farmacólogos y sofrólogos, apoyados en la informática, trabajan para mejorar el rendimiento del cuerpo humano convertido en un objeto balístico. Se da particular énfasis al cerebro, ya que está científicamente comprobado que uno de los factores determinantes en los récords humanos es la mente. De eso se encargan los sofrólogos.

–       ¿En qué consisten sus métodos?

–       La mayoría son secretos. Buscan obsesionar al atleta con sus récords. Usan técnicas de concentración, representación, euforización, autopersuasión. Los preparan para lograr el mejor resultado, luego para rebasarlo, para ir más allá de su valor natural y, finalmente, para poder aplastar a sus competidores. Por supuesto, acuden a la farmacopea. Es bastante difícil vislumbrar la frontera entre sus técnicas y el lavado de cerebro. Se saca el atleta de su ámbito cotidiano, se lo somete a un régimen de vida draconiano y se lo obsesiona con récords. En muchísimos casos su salud mental y física sale bastante destrozada de esa aventura. Son frágiles, caen fácilmente en depresiones, sufren múltiples y frecuentes heridas. Como hay millones de dólares en juego, el entrenamiento es cada vez más drástico. Los atletas saben que sólo tienen 10 años para rentabilizar sus proezas y volverse dioses, y aceptan por lo tanto correr todos los riesgos. Estos deportistas de alto nivel, que el sistema deportivo saca de las normas, se vuelven unos cibernátropos, organismos cibernéticos. Estas máquinas humanas capaces de alejar cada vez más las fronteras de los límites humanos fascinan al común de los mortales porque tocan mitos profundamente arraigados en la psique humana. Toda la ideología deportiva reside en una sola cuestión: ¿Hasta dónde puede llegar el deportista?

–       El culto de la proeza…

–       Sí y también el del heroísmo, del superhombre, Terminator… Robocop… son connotaciones fascinantes del hombre fuerte, machistas también. Es una ideología de la virilidad…. El culto de los fuertes, de los machos, que no admiten la existencia de los débiles, los cobardes, los lesionados… El análisis a fondo del deporte lleva muy lejos.

–       Lo noté leyendo su libro…

–       El deporte es una visión del mundo. A todos los niveles ofrece una coherencia total y totalitaria. El deporte es simplista: usted coloca una o dos o varias personas en una misma línea y observa quién llega primero. Quien gana es el mejor. Nadie se hace preguntas. Nadie busca saber en qué condiciones tal persona es la mejor. El deporte es una clasificación. Una antropometría. La ideología del sistema deportivo consiste en clasificar y desclasificar. Es el orden. Se sabe inmediatamente quién es quién. Uno se define con sus resultados. La idea siempre es ratificar la superioridad física de alguien. Es una ideología occidental muy fuerte que tiene graves consecuencias sobre la organización de las relaciones sociales. El deporte jerarquiza: los fuertes están arriba, los débiles abajo. Es un sistema de orden vertical, por lo pronto de dominación. ¡Pobres los deportistas de 35 y 40 años! Ya no son nadie. Eso encuadra perfectamente bien con la ideología de nuestras sociedades liberales y el mito de la juventud pujante, con estas olas de jubilaciones anticipadas que se nos imponen, supuestamente, para dejar el lugar a los jóvenes…

–       Al escucharlo se tiene la impresión que no se puede salvar nada en el deporte.

–       A nivel de deporte de alto nivel, no se puede salvar nada. ¿Qué se puede salvar de la guerra? La alta competencia es una guerra deportiva. Escuche con cuidado a los comentaristas deportivos de radio y televisión, cuando no hablan de magia, hablan de guerra. ¿Cuáles son sus expresiones? Eliminar al adversario… tumbarlo… vencerlo… acabarlo… hacerlo trizas… reventarlo… atrincherarlo… ¡Fíjese bien!¡Cuántas metáforas mortíferas, guerreras, de destrucción del adversario! Es una verdadera alquimia pulsional. Los comentaristas deportivos histéricos, que narran en vivo aullando los partidos o las proezas de los atletas, son auténticos loros facistoides, electrizan a los radioescuchas o a los televidentes con sus comentarios tantas veces chauvinistas, xenofóbicos, racistas. La dimensión del ser humano ya no existe: los deportistas son “bombas”, tiene la velocidad de los “obuses”M; son “fabulosas máquinas para ganar”, “máquinas sin piedad”. Se habla de estrategia, ataque, defensa. Todo ese lenguaje de violencia es perverso. Introduce en la mente de la gente, en forma implícita, toda una visión bélica. Más allá de los discursos demagógicos sobre los Juegos Olímpicos que “simbolizan la gran fraternidad humana”, lo que vemos en nuestras pantallas de televisión es una guerra entre naciones: están los países gloriosos cubiertos con oro y los “humillados” por no tener medallas. Se habla de “humillación nacional”, de “derrota nacional”. Por si eso fuera poco, todos los estadios están bajo estrecho control policiaco y militar. Mire Atlanta. El pueblo olímpico es una fortaleza protegida por unos 40,000, quizás 50,000 hombres.

–       Pero el peligro terrorista es real. Hay antecedentes dramáticos… (Esta entrevista se hizo unos días antes de la explosión de la bomba en el Parque del Centenario).

–       No lo niego. Yo constato los hechos y los analizo como sociólogo. Y como sociólogo ¿Qué veo? Cuarenta mil policías, militares, voluntarios, agentes de la CIA, del FBI, sofisticados sistemas de control informático, videocámaras de vigilancia por todas partes, helicópteros dando vueltas sobre las instalaciones deportivas…. En pocas palabras, un formidable aparato de control de la población. Sé que en Atlanta hay un serio peligro de atentado. Hay muchos locos sueltos en ese país, desde gente como el unibomber, hasta hordas neonazis… Todos estos chiflados sueñan con utilizar esa inmensa pantalla mundial para darse a conocer, para chantajear, para aterrorizar. Es una espiral infernal. Por eso al principio de nuestra plática hablé de la “monstruosidad” del deporte espectáculo mundial.

–       Por razones obvias la opinión pública está de acuerdo con ese despliegue policiaco…

–       Por supuesto, y allí radica otra perversidad de las grandes manifestaciones deportivas contemporáneas. Llevan a la gente a pedir la militarización de los estadios. Además, encuentros como los Juegos Olímpicos sirven de laboratorios para las autoridades locales. Eso se vio claramente en España en 1992. Los Juegos permitieron a las autoridades de ese país, tantas veces estremecido por violentos atentados, perfeccionar sus sistemas de control urbano, comprobar la eficacia de su policía antimotines y antiterrorista, de sus sistemas preventivos… Los Juegos Olímpicos, el Mundial, y otros campeonatos espectaculares sirven como ejercicios prácticos a gran escala. Hay centenares de miles de gentes, personalidades importantes, movimiento… No hay nada más “interesante” para los servicios de seguridad, las fuerzas policíacas y militares, los servicios secretos… Eso les da una oportunidad única de someter a prueba sus sistemas. Para contrarrestar cualquier amenaza terrorista, dicen. Es cierto. Pero estos ensayos generales pueden serles bastante útiles también si, como empiezan a temerlo, la gente se comienza a manifestar masiva y violentamente contra el desempleo y la crisis económica.

Reportaje publicado en la revista Proceso, de México, en su número 1031

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