Cuba (y México) ante los desafíos y riesgos del siglo XXI

Ana Esther Ceceña

Los grandes poderes mundiales concentrados en Estados Unidos han
emprendido una cruzada de recuperación, aseguramiento y transformación
de sus posiciones en el planeta, empezando por las que permiten la
actualización monroísta en América.

El despliegue de fuerzas sobre el gran Caribe como anclaje y zona de
amortiguamiento a la manera de escudo de protección, ha seguido un
trazado cuidadoso con dos rutas simultáneas, de penetración y envoltura.

Un avance por los ríos profundos ha llevado al establecimiento de
redes capilares que lo mismo descosen y reafirman fronteras que abren
nuevas vías en barrios y selvas. Rompen tejidos comunitarios
preestablecidos y recomponen vínculos a través de nuevos campos de
complicidad sustentados en una combinación de narcotráfico,
narcoadicción, violencia, impunidad y paramilitarización. En un mundo
sin empleo la sobrevivencia se ha trasladado a nuevas actividades que
han modificado a la vez los comportamientos sociales, y que tienen la
virtud de cambiar casi imperceptiblemente las reglas del juego
político desde los intestinos de la sociedad, desde donde cualquier
proyecto emancipador puede ser corroído.

Simultáneamente se han puesto en escena varios mecanismos de
cercamiento que abarcan desde el todo continental como la IV flota
hasta microdimensiones problemáticas, conflictivas y rebeldes.
Particularmente importante ha sido el trabajo de sutura de fronteras
que curiosamente se hace en muchas ocasiones justo promoviendo una
mayor porosidad de las mismas. Es evidente el reciente poblamiento de
fronteras a través del tránsito incontrolado de maras, paramilitares,
narcotraficantes y todo tipo de fuerzas desestructuradoras, que se
apoderan de facto de las zonas fronterizas creando las condiciones de
posibilidad para declarar supuestos estados fallidos en los lugares
donde los grandes poderes sienten amenazados sus intereses.

Convenios de seguridad, colocación de bases militares, patrullajes
marinos o ribereños, proyectos de desarrollo en zonas fronterizas y de
preferencia con poblaciones vulnerables, códigos criminales, políticas
antimigración, desplazamiento de poblaciones, desaparición forzada,
violencia generalizada, creación de sentidos dislocados, arrasamiento
de las memorias históricas y de los soportes culturales son algunos de
los mecanismos usados en esta nueva embestida por reapoderarse de un
continente que resiste hoy, como desde hace ya más de 500 años, a ser
engullido.

En el gran Caribe se localizan no solamente las mayores cuencas
petroleras de América y la selva más grande y biodiversa del planeta
sino también el canal de paso de mayor importancia estratégica y uno
de los dos nudos críticos de las fuerzas contrahegemónicas de la
actualidad: la mancuerna Cuba-Venezuela.

La amenaza de una posible coalición contrahegemónica liderada por
Cuba-Venezuela ha movido las piezas de una arremetida rápida y
contundente que busca jalar los hilos del control continental pegando
simultáneamente en el proceso venezolano para volver a poner el
petróleo de sus cuencas al servicio del llamado progreso y cortar de
tajo las pretensiones de autodeterminación de su pueblo y gobierno y
en el proceso cubano inyectando mercado y prosperidad para romper la
cohesión interna, ahora que se vislumbran algunas condiciones propicias.

¿Qué arriesgar y por dónde?

El retiro de Fidel de las altas investiduras que tuvo desde el triunfo
de la Revolución fue registrado como punto de partida de un reajuste
en la hoja de ruta con la que desde hace 50 años se intenta recuperar
la llave del Caribe. Rodeada por el cuartel del Comando Sur instalado
en Haití, barcos de guerra en todas sus costas, bases militares en
Guantánamo y Florida, un bloqueo económico que no ha logrado, por
cierto, matar la alegría con que los cubanos inundan sus calles y
parques, Cuba enfrenta hoy una amenaza más grande que la que
significaba todo ese acoso.

Enredada en una situación económica que se acerca peligrosamente a la
asfixia y en un relativo agotamiento de su dinámica política, Cuba
enfrenta el desafío de los cambios necesarios en un momento de abierto
despliegue hegemónico.

Parece ser que el momento de seguir haciendo la revolución es un
apremio que entraña riesgos a la estabilidad del proceso. Qué
arriesgar y por dónde ha sido el fondo del debate del último año,
hasta llegar al VI Congreso del Partido. La oportunidad para
profundizar y recrear el socialismo cubano es a la vez momento de
fragilidad y de fortaleza, dependiendo de la inteligencia
descolonizadora y emancipadora con la que se lleven adelante los cambios.

En el ámbito de reconstrucción de la reproducción material de la vida
la disyuntiva se encuentra entre las urgencias que conducen al mercado
y la radicalidad y solidez que llevaría a la búsqueda de soluciones
holísticas que busquen la solución del abastecimiento al mismo tiempo
que un cambio de naturaleza en sus aspectos cualitativos o esenciales
que lleven a hacer un socialismo del sumak kawsay o del sumak qamaña.
Inventar un socialismo que combine filosofía y agricultura es un reto
ineludible en el siglo XXI, en que el capitalismo ha mostrado sus
alarmantes límites de insustentabilidad global. Recuperar la
integralidad de la vida y la armonía entre los seres vivos y de éstos
con la materialidad en la que se sustentan no es un romanticismo sino
una urgencia vital insoslayable en cualquier proyecto emancipatorio,
que lleva a crear nuevas formas de vida y nuevos ejercicios políticos
aereadores para los que el pueblo cubano parece ser el mejor preparado
después de 50 años de un empeño revolucionario ejemplar.

Ni la invención ni la repetición salvarán al proceso cubano de los
riesgos. Lo único que lo acoraza contra ellos es la solidez de su
construcción revolucionaria. Los inversores de Miami están ya
ensayando vías de penetración y el dinero espera mover las voluntades
que el bloqueo y las amenazas de guerra no pudieron conquistar. Vienen
los tiempos de la seducción, sin que aflojen los del bloqueo. Tiempos
de arriesgar y confiar en los propios sentidos y visiones de realidad.
Tiempos de seguir haciendo y volver a hacer una revolución que es de
Cuba pero es del mundo.

Parafraseando a Fernando Martínez Heredia, habría que decir que luchar
contra el capitalismo es peligroso, pero no hacerlo es suicida.

Las condiciones de amenaza no van a desaparecer. Hay que saber vivir
en ellas sin dejar de inventar mejores futuros. Nuestra fuerza está en
hacer de la vida el lugar de la alegría.

Ana Esther Ceceña, economista mexicana, es investigadora en el
Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional
Autónoma de México (UNAM) y coordinadora del Observatorio
Latinoamericano de Geopolítica www.geopolitica.ws

Fuente:  http://www.alainet.org/active/46915<=es
Artículo publicado en América Latina en Movimiento Nº 265, mayo 2011

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